Historias de innovación: El radar … o el rayo de la muerte

Guste o no, muchas de las cosas que nos rodean surgieron de la investigación militar. Desde el GPS, pasando por el WiFi o incluso la margarina (Napoleón III ofreció una recompensa a quien elaborara un sustitutivo para la mantequilla para las clases bajas y las fuerzas armadas francesas). Como no podía ser de otra forma, el radar forma parte de ese selecto club de inventos de origen militar. Para evitar bombardeos enemigos, que no es poco. Pero al principio no buscaba detectar sino … fulminar. Buscaban ¡el rayo de la muerte!

El “silencio de los corderos”

Allá por 1935, en un clima claramente prebélico, El Ministerio del Aire británico andaba preocupado con que Alemania los superara en la carrera armamentística. La idea del rayo de la muerte les obsesionaba. Tanto que habían llegado a ofrecer un premio de mil libras al primero que consiguiera acabar con una oveja a cien pasos de distancia. Al no presentarse candidatos, sondearon a un científico de la Radio Research Station, Robert Watson-Watt, una institución de I+D de gran prestigio de la época.

Watson-Watt trasladó la cuestión a su ayudante Arnold Wilkins, pero de una manera muy sutil. Supongamos, solo supongamos (vino a decirle) que hay cinco litros de agua a un kilómetro por encima del suelo, y supongamos que queremos calentarla desde 36,5 °C a 40,5 °C. Wilkins, que no era precisamente tonto, enseguida se percató de que “casualmente” eran la altura la que volaban los aviones, la cantidad de sangre en el cuerpo humano y su temperatura. Y cuánto habría que elevarla para que desfalleciera el piloto.

Inviable pero …

Watson-Watt y Wilkins llegaron a la conclusión de que era inviable: se requerían 5 Gigawatios. El equivalente al consumo de 500 millones de lámparas LED. O, si se prefiere, la energía que generan veintitrés millones de placas solares fotovoltaicas.

Sí vieron, sin embargo, que era posible detectar las ondas de radio reflejadas por un avión, lo que permitiría conocer su posición y avisar de un posible ataque con suficiente antelación. El 26 de febrero de 1935, Watson-Watt y Wilkins llevaron a cabo el llamado experimento Daventry para comprobar su teoría. Utilizando las ondas de radio un transmisor de la BBC en Daventry demostraron que un avión podía ser detectado hasta a unos doce kilómetros de distancia. El éxito de dicho experimento sirvió para que el gobierno británico financiase un programa para desarrollar el radar.

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A finales de ese mismo año, y gracias a los esfuerzos de Watson-Watt y Wilkins, la capacidad de detección se aumentó a hasta 160 kilómetros. En 1937 ya se podía medir también la altura. En 1939 la Royal Air Force (RAF) británica desplegó la Chain Home, una red costera que, a la postre, resultaría clave para detectar y localizar aviones durante la Segunda Guerra Mundial.

Chain Home. Foto por la Royal Air Force official photographer [Public domain], via Wikimedia Commons

La Misión Tizard

En 1940 los ingleses habían conseguido desarrollar un prototipo de magnetrón, un radar mucho más potente que sus predecesores. Pero la propia guerra era un fuerte obstáculo para continuar con los esfuerzos de I+D, y el Reino Unido tuvo que decidir entre abandonar las líneas de investigación … o colaborar. Hasta entonces, los avances tecnológicos habían sido moneda de cambio con potencias amigas. Pero Churchill decidió jugarse todo a una carta y colaborar con los Estados Unidos, constituyendo la llamada Misión Tizard.

El físico Edward Bowen, colaborador de Watson-Watt, cruzó el Atlántico con una docena de prototipos de magnetrones en un viaje con tintes de película de espías. Por ejemplo, el cofre en el que viajaban los magnetrones disponía de unos orificios para que se hundiera en el mar, caso de que el barco en el que viajaba Bowen fuera atacado. En cualquier caso los magnetrones no fueron interceptados por la inteligencia alemana.

Los americanos quedaron sorprendidos por los avances británicos, muy superiores a lo que ellos mismos habían conseguido, y se constituyó el famoso Rad Lab en el MIT para desarrollar conjuntamente la tecnología. Se desarrollaron radares no sólo para aviones, sino también para submarinos.

Robert Watson-Watt fue nombrado Caballero en 1942 y recibió múltiples reconocimientos a lo largo de su vida. Murió en 1973 en Escocia.

Uso civil

El uso del radar en la aviación civil tardó en llegar. En Junio de 1956 dos aviones chocaron cuando sobrevolaban el Gran Cañón. Éste fue el detonante del interés por el radar en vuelos de pasajeros, que hasta entonces había quedado relegado a unos pocos aeropuertos.

Lecciones aprendidas

  • La investigación y desarrollo en el ámbito militar ha sido, es y será fuente de numerosas invenciones que terminan aplicándose en el mundo civil. Un claro ejemplo (del que debería tomar nota el mundo civil) de que invertir en I+D+i renta.
  • La solución de los mayores retos pasa por poner talento a trabajar conjuntamente. La formación de centros de I+D altamente cualificados como la Radio Research Station o el Rad Lab del MIT (entre cuyos miembros han surgido hasta 10 premios Nobel) son claros ejemplos.
  • Un argumento se refuerza con hechos. El éxito del experimento Daventry resultó fundamental para convencer a las autoridades inglesas de la viabilidad del concepto e invertir en el desarrollo del radar, reforzando lo que los cálculos ya decían.
  • El conocimiento científico es de valor estratégico. Pero hasta cuando se ve amenazado por diversas situaciones (contiendas, crisis, …) la colaboración con terceros es preferible a abandonar cualquier línea de progreso interna.

Este artículo apareció por primera vez en el suplemento de Ciencia y Tecnología Tercer Milenio de Heraldo de Aragón. El original aquí.

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