La clave del éxito de Pixar que no debes olvidar

Muchas empresas se preguntan por qué no son innovadoras, por qué no consiguen lanzar al mercado productos y soluciones disruptivas como lo hacen otras. Sin embargo el problema (¡y la solución!) está dentro de las mismas. Es tan sencillo (¡y tan complicado!) como poner a las personas adecuadas y dotarlas de la confianza necesaria. Y, sí, está la cuestión de dotarlas de los medios necesarios pero, ¿no es esto acaso parte de la confianza? De hecho en eso puede decirse que radica el éxito de Pixar. O al menos eso sostiene Lawrence Levy, Director Financiero de Pixar entre los años 1994 y 2000, y autor del libro To Pixar and Beyond.

Lo que Pixar hizo de forma brillante fue saber armonizar las fuerzas conflictivas que surgieron desde la creación de Pixar. Por un lado tienes ese impulso creativo de hacer un trabajo increíble y, tirando contra ello, un montón de exigencias del negocio, como por ejemplo lo rápido que vas a poder hacer películas.

El llamado dilema del innovador, término acuñado por Clayton M. Christensen. La tensión entre construir productos y servicios innovadores, disruptivos, frente a cumplir con los objetivos inmediatos (a corto plazo) del negocio.

Por un lado, la empresa depende de los recursos financieros que aportan sus clientes e inversores. Esto causa la primera tirantez, puesto que la innovación disruptiva no puede ser analizada desde el punto de vista de mercado. ¡Simplemente se orienta a mercados que no existen! O no solucionan las necesidades de facturación (crecimiento) de grandes empresas, al tratarse de mercados (relativamente) pequeños e inciertos.

El dilema del innovador revela las tensiones entre el imperativo de justificar el sacrosanto Retorno de la Inversión (ROI) para mercados que no existen o cuyo tamaño es tremendamente incierto.

En El Dilema del Innovador, de Christensen, se establecen algunas pautas para vencer este dilema. Lo que nos enseña el caso del éxito de Pixar es que el valor, la apuesta decidida de la dirección, puede llevar a éxitos como el de dicha productora. Con todos los sinsabores que se quiera.

“Ninguno de los ejecutivos [de Pixar] éramos directores de cine. Así que decidimos que íbamos a dejar a los creadores ser creativos.” (Lawrence Levy).

Dar libertad a los creativos para crear. El propio Levy sostiene en la entrevista del vídeo que tuvieron dudas sobre el éxito del proyecto: 50 millones de dólares de inversión para la primera película de animación digital de la historia, desarrollando la tecnología para ello, y al timón un “loco” llamado Steve Jobs, que llevaba (por entonces) más de 10 años sin un éxito en el mundo de los negocios.

Aún así, tuvieron el cuajo de confiar en el proyecto. Confiar en los creadores.

Pixar es hoy parte de Disney. Aún hoy tienen a gala continuar con la metodología que ellos mismos han denominado Braintrust. En el libro Creatividad, S.A., de Amy Wallace y Ed Catmull (presidente de Pixar) podemos leer:

La seña de identidad de una cultura creativa saludable es que la gente se sienta libre de compartir ideas, opiniones y críticas. La falta de franqueza, si no se controla, puede conducir en última instancia a la aparición de entornos disfuncionales.

Es decir, es una confianza ciega, sí. Pero no al abismo.

Cuando en 1995 se estrena Toy Story, se disipan todas las dudas. Pixar ha creado la nueva forma de hacer películas de animación. Ya nada será lo mismo.

 

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