Constructores de piscinas

La idea

Mucho tiempo sin publicar nada. Tras un paréntesis (más o menos obligado), vuelvo a la carga con un nuevo post que espero os guste.

La cuestión es, aparentemente, simple. Pensemos en la típica chapucilla de casa, en la que dudamos si encargarnos nosotros mismos, pedírselo al amiguete o familiar manitas de turno, o llamar a un profesional (fontanero, carpintero, …) Desde que el hombre anda erguido a dos patas (y apostaría que aún antes) se ha enfrentado a estas decisiones una y mil veces (esta caverna me la pinto yo en dos tardes, ese mamut a mí no se me resiste, etc etc) con resultados de todo tipo.

¿Y si no es una chapucilla? Échale un vistazo al siguiente vídeo de Bricomanía, en el que nos enseñan a hacernos nuestra propia piscina.

¿Te animas? Fácil, ¿no? Míralo por el lado bueno: puede que falles unas pocas veces, pero después te saldrán como churros y podrás dedicarte a montar piscinas y sacarte un dinerillo.

Yo desde luego no pienso ni intentarlo (si me vieras con un taladro entre las manos sabrías por qué). En mi humilde opinión, hay que ser un auténtico profesional. Lo sorprendente del caso es que, a pesar de esto, muchas empresas se tiran a la piscina  y desarrollan cosas que necesitan en vez de comprarlas o externalizarlas, con la falsa ilusión de ahorrarse un dinero e incluso iniciar un nuevo negocio.

En efecto, por falta de estrategia (o por tenerla totalmente equivocada) las empresas se lanzan a lo que yo considero uno de sus principales pecados capitales: decidir desarrollar un nuevo producto o servicio, que dista de pertenecer a sus competencias esenciales, menospreciando la dificultad inherente del mismo, con la esperanza de que las cosas saldrán bien. Tarde o temprano, se dicen, la empresa amortizará el esfuerzo, iniciando una nueva línea de negocio. Error, error, error.

Piscineros

Ojo que no estoy aquí criticando el hecho de iniciar nuevas líneas de negocio. Antes al contrario, una empresa no solo puede, sino debe, explorarlas. Tampoco critico que la decisión se haya sopesado correctamente, pero luego haya salido mal. Como dicen Miguel Ángel Ariño y Pablo Maella en su excelente (y más que recomendable) libro Iceberg Sighted, Decision-Making Techniques to Avoid Titanic Disasters, no es tan importante tomar la decisión correcta como haber decidido correctamente. Es decir, las decisiones adoptadas pueden ser las acertadas o no, pero el propio proceso de decisión debe ser tal que maximice las posibilidades de haber “acertado”.

Fuente: iStockphoto

Cuando se necesita algo, el proceso por el cual se decide si hacerlo uno mismo o contratarlo se denomina make-or-buy. Construir o comprar, en román paladino. Lo hago yo, o me lo hacen. Se trata de una decisión (no pocas veces estratégica), y como tal puede ser tratada con las herramientas que poseemos para estas situaciones.

Poderoso caballero es Don Dinero

Inevitablemente, aunque no tendría por qué ser así, lo primero que se plantea uno es el coste, cuánto nos ahorramos si lo hacemos nosotros mismos. El problema  es que no valoramos las cosas debidamente. Por ejemplo, a un albañil profesional le sale más barato el material que a un particular, yendo incluso al mismo proveedor. Tampoco le ponemos precio a nuestro tiempo, porque en vez de estar pintando podríamos estar disfrutando de nuestro ocio o, en una empresa, dedicar ese tiempo y esfuerzo a otras tareas que puedan resultar más rentables (coste de oportunidad). En el precio tampoco valoramos las llamadas economías de escala. Si nosotros solo necesitamos, por ejemplo, una unidad de lo que sea, evidentemente saldrá más caro hacerlo que comprarlo a alguien que fabrique muchas de ellas y que pueda, por tanto, ofrecer unos costes unitarios más reducidos.

Voy a cortarme el pelo

De las expresiones que usamos en castellano, voy a cortarme el pelo es de las más curiosas y viene aquí que ni al pelo. Aunque normalmenete usamos esa expresión para decir que vamos a la peluquería para que nos corte el pelo otra persona, esto te lo oye un inglés, lo traduce literalmente a su idioma, y alucina contigo. En el caso de un amigo mío, cuando éramos adolescentes, fue literalmente así. Decidió cortarse el pelo. El sólo a sí mismo, quiero decir.

Seguro que todavía recuerda el trasquilón que se hizo. Al final tuvo que ir a la peluquería, donde obviamente le cobraron por arreglar el desaguisado . No cuento la vergüenza del momento, el cachondeito de las peluqueras, ni el tiempo que tuvo que pasar hasta que la cosa se disimuló un poco.

Esto es lo que podíamos llamar el coste de fastidiarla. Si al final tenemos que llamar igual a un profesional porque se nos ha ido de las manos, el coste final será el doble o más.

O peor aún. Lo de mi amigo  (aunque a él no le hizo por entonces mucha gracia) no pasa de ser una anécdota divertida de juventud. Pero en el caso de una empresa, no solo es el sobrecoste adicional que conlleva, sino que se puede poner en juego la reputación y prestigio de un producto. O de la propia empresa.

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Otra cuestión que no podemos descuidar es la motivación del personal. Si decidimos emprender algo totalmente distinto, debemos anticiparnos a un posible rechazo por parte de las personas que deberían ejecutar las tareas. Pudiera muy bien ser al contrario, que el cambio fuera un revulsivo. Pero, si existe el riesgo de que la decisión no sea aceptada, debemos gestionarlo de la mejor manera posible. No hace falta decir qué ocurre en empresas cuyo principal activo es el capital humano (de verdad, no lo que ponen en los folletos) y empieza a cundir la desmotivación.

En definitiva, ¿estamos realmente capacitados para ello? ¿Tenemos las destrezas y los recursos para embarcarnos en semejante aventura? ¿Tenemos el apoyo y la motivación de quien lo va a ejecutar? ¿Nos podemos permitir algún error?

Vísteme despacio que tengo prisa

Otro factor tan importante como obvio es el tiempo y, asociado al mismo, la disponibilidad de lo que queremos. Pensemos en los días que debe invertir un profesional para instalarnos una piscina en el jardín, comparado con el tiempo que debería dedicarle un ciudadano medio, por muy manitas que sea y mucho tiempo libre del que disponga. Según cuando se ponga en ello, se la juega a no tenerla para el verano.

Las compentencias esenciales

antes que todo lo anterior, deberíamos preguntarnos ¿por qué hacerlo unos mismo? ¿Cómo hobby? ¿Para presumir delante del cuñado? ¿Porque queremos dedicarnos a esto, abandonando quizá unas exitosas carreras como consultores? Si las demás preguntas y  factores que he apuntado antes son clave, ésta lo es más. ¿Qué vamos a sacar realmente de todo esto? ¿Qué va a aportarnos? Si no lo hacemos nosotros y lo contratamos a alguien, ¿qué puede suceder?

Todos los factores de decisión deben sopesarse adecuadamente, dando más peso a unos u otros según la ocasión. Sin embargo, hay que vigilar muy especialmente aquellos que afectan directamente a las competencias esenciales de la empresa (core competences, para terminar de ponernos pijos con la terminología anglosajona) y a los objetivos de negocio (actuales o previstos).

  • Si no forma parte de mis competencias esenciales, es decir, del núcleo de mi negocio, de lo que sé hacer bien (y posiblemente mejor que nadie),pero aún con todo lo necesito, las probabilidades de que fracase al intentarlo por mí mismo no deben despreciarse. Mejor comprar.
Fuente: iStockPhoto

Volviendo al ejemplo de la construcción, como regla general, veo poco probable que una constructora de viviendas se dedique a desarrollar ella misma sistemas de domótica, salvo que se dedique exclusivamente a la construcción de viviendas inteligentes. Lo lógico es que llegue a algún tipo de acuerdo con alguna empresa especializada, que le haga de proveedor cuando lo necesite. Por supuesto, pueden ser dos unidades de negocio distintas de la misma empresa, pero en la práctica la idea sigue siendo la misma.

  • Si es parte de tus competencias esenciales, deberías considerar seriamente desarrollarlo tú mismo. Planifica bien los recursos y los tiempos. No descuides la formación que vas/vais a necesitar. Analiza y gestiona los riesgos, y asume aquellos que no vas a poder evitar (aunque sí mitigar). Haz un seguimiento del proceso, y ten a mano un plan B.

Y, si es prohibitivo por sus costes o disponibilidad, entonces no debería limitarse a una simple compra, sino que deberías llegar a un acuerdo con uno o más proveedores que te asegurase la disponibilidad del mismo, en plazos, calidades y costes.

Para empezar, minimiza la externalización. Típicamente, puedes encargarte de diseñar y probar, pero subcontratar la producción. Ojo que todos sabemos de casos en los que el subcontratado ha terminado aprendiendo la tecnología (en ocasiones, un eufemismo del verbo copiar).

Existen numerosas fórmulas, pero cuanto más afecte a tus objetivos de negocio (actuales o futuros) más tendrás que asegurarte de no quedar cautivo de terceros y llegar a acuerdos razonables y beneficiosos para todas las partes. Puedes apsotar por una joint venture con una empresa especializada, o por la adquisición de empresas, la creación de una nueva Unidad de Negocio, y un largo etcétera.

Fuente: iSockphoto

Hay estrategias más agresivas, como tener varios proveedores, tratando de asegurar la disponibilidad del producto (especialmente en picos de demanda) e incluso fomentando la competencia entre ellos, en costes y plazos. En mi opinión, esta estrategia produce beneficios a corto plazo, pero difícilmente en el largo. Los proveedores pueden terminar “abandonando el barco”, o disminuyendo la calidad del producto para rebajar costes y plazos, o decidiendo “copiarte” el producto (cuando en una situación ventajosa no les saldría a cuento el riesgo). Obviamente, hay excepciones, y empresas de determinado tamaño suelen optar por esta aproximación, asumiendo también los sobrecostes de gestión que conlleva.

Conclusiones

La primera y más importante: nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, me llames para que te haga una piscina (de hecho, ni para colgar un cuadro). Si no, atente a las consecuencias.

La segunda, cada vez que oigas “Esto me lo hago yo en dos tardes”, “Está chupao” y similares, ponte en guardia. Detrás de esas frases hay una decisión poco (o nada) meditada. Una empresa debe centrarse en desarrollar lo que sabe hacer bien, y lo que necesite y sea fundamental para su negocio (para un producto, o para optimizar un proceso interno) debe someterlo a un pormenorizado análisis de make-or-buy. Una decisión errónea al respecto puede tener graves consecuencias económicas y de imagen exterior, por citar algunas. Cuanto más dependa tu negocio del producto o servicio en cuestión, mayor control deberás tener sobre él, asegurándote sobre todo las partes críticas del mismo (por ejemplo, el diseño y las pruebas).

¿Conoces o has vivido situaciones acertadas o erróneas de make-or-buy? ¿Qué pasó? ¡Gracias por tus comentarios!

11s comentarios

  1. Al igual que el anterior articulo de bob esponja, muy buen articulo que analiza decisiones que personamente se me pantean habitualmente. Angel, sigue escribiendo, te aseguro que son de mucha utilidad tus comentarios.

    1. Muchas gracias!

      Quizá tendría que haber tirado de tablas y checklists para sistematizarlo un poco, pero es difícil. Cualquier cosa que he visto por ahí no me convence, y me interesa más la idea.

      Por favor, no dudes en apuntar, desde tu experiencia, cualquier cosa que me haya dejado en el tintero.

      Sigo en la brecha, con más entradas por publicar!

  2. Lo primero celebrar, muy de veras, encontrarme con tu muy interesante blog.
    Vuelves a plantear un tema fundamental, mayormente, en estos tiempos de crisis. Lo llevaré a mi terreno. Pequeñas empresas familiares bien preparadas tecnológicamente especializadas en la fabricación de un producto. El dilema: aprovechar la buena maquinaria para abrirse a nuevas lineas de mercado. Como, muy bien planteas, es barato y “sencillo”, tirarse a la piscina (literalmente), y sin escuchar consejos sacar un producto ajeno a la linea de negocio. Esto, finalmente, siempre resultara caro y complicado. Ocasionando, por lo general, desmotivación y olvido.
    Lo mejor, saber escuchar a tus propios vendedores. Al fin y al cabo aquellos que mejor conocen la repercusión que tal decisión puede tener en el mercado. Así mismo, fundamental, pedir consejo a tus propios clientes, o lo que vendría a ser lo mismo, realizar una buena investigación de mercado.
    Un abrazo.

    1. Hola Miguel,

      Muchas gracias por tus palabras y tu aportación a la conversación.

      Efectivamente, son muchas cosas las que hay que tener en cuenta, y no se limitan a las que expongo aquí. En el artículo me centro fundamentalmente en el propio proceso make-or-buy, pero obviamente hay una decisión previa sobre si realmente queremos/necesitamos el producto o servicio en cuestión (tanto internamente como para ofrecerlo a nuestros clientes, actuales o futuros).

      De hecho la siguiente entrada, que ya anda medio preparada, versa precisamente sobre el hecho más general de tomar decisiones equivocadas. Aunque, como siempre, intentando darle un poco de sentido del humor 😉

      Mil gracias de nuevo!
      Ángel

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